LA
FINANCIACIÓN DE LA ASISTENCIA SANITARIA
Por Francisco de las Marinas Alférez (*)
Está
generalmente aceptado que la prestación sanitaria universal provoca
problemas graves de financiación al Estado, por su alto coste.
También resulta evidente, que la Administración Pública se ha
de preocupar de buscar el sistema adecuado para resolver el problema,
pues, en otro caso, la situación puede llevarnos a la quiebra
económica, que pondría en peligro la prestación del servicio sanitario.
El alto coste lo viene ocasionando el haber mejorado y modernizado
los servicios sanitarios, pero también en gran medida, el uso
y abuso en la utilización de los actos médicos y el despilfarro
o derroche de los medicamentos. A la hora de diagnosticar la solución
del problema, se utiliza mucha demagogia barata, y así hemos visto
publicado, que el banquero jubilado D. Emilio Botín, podría obtener
una receta gratuita, y un trabajador parado, tendría que aportar
el 40 % del coste de los medicamentos que recibe.
Esta demagogia se desmonta con facilidad, si se repara que
al aplicar el sistema de financiación mediante impuestos directos,
lo que no paga el Sr. Botín en la Farmacia, lo aportará con creces
al pagar los impuestos directos que le correspondan, en relación
con sus ingresos (sin trampa ni cartón); impuestos que, naturalmente,
no pagará el parado.
Estamos de acuerdo que las espaldas del Estado, aunque son muy anchas,
no pueden soportar todo lo que le echemos encima, pero también
es cierto que la solidaridad solo resulta justa, si se aplica
la equidad, y hasta ahora, no se ha demostrado que exista otro
sistemas más equitativo, para la distribución de la riqueza, que
la aplicación de los impuesto directos, con lo que siempre paga
más, el que más tiene.
Se afirma, en cuanto al denominado copago,
o participación del usuario de forma directa en el pago del servicio
o del medicamento, que tiene como finalidad el evitar el abuso
o derroche, puesto que toda participación, aunque sea pequeña,
predispone a no utilizar la asistencia sanitaria sino resulta
imprescindible.
Ello coloca al usuario en una situación difícil
y kafkiana. Y a continuación nos podemos preguntar ¿Si el enfermo
no dispone de dinero para pagar la prestación del servicio sanitario,
se le presta o se le niega? A veces se olvida que no corresponde
al enfermo demandar el servicio sino al facultativo que lo atiende,
por lo que éste resulta una pieza importante que debe intervenir
en la solución del problema, dotándole de los instrumentos adecuados
para que ejerza su responsabilidad.
Por otra parte, ¿ que se ha
de entender por rentas más altas?. Las pensiones de los jubilados
con pensión máxima, que como es sabido, está topada, o las de
aquellos, que perciben la pensión mínima, (algunos no han querido
cotizar para más), y disponen de importante patrimonio, o lo que
es peor, lo han pasado a sus herederos. Habrá que presentar la
declaración de la Renta, para cada acto asistencial.
Por último,
no hay que olvidar que los jubilados actuales hemos cotizado durante
toda la vida para disponer de una Sanidad gratuita, y ahora cuando
necesitan su uso no se nos puede imponer una carga adicional.
La realidad es que se trata de un asunto de Estado, que debe sacarse
de la lucha partidaria, que ha de estudiarse con serenidad y altura
de miras, firmándose un Pacto de Estado, todas las fuerzas políticas,
parecido al de Toledo, para encontrar la solución adecuada.
(*)
Presidente de FOMCOVA